Trabajo de laboratorio
Era el último año, el sexto. Nos habíamos preparado para el examen más importante durante nueve meses. Y aunque no era un examen en sí, sino un trabajo práctico, sabíamos que esta vez de los resultados dependía toda nuestra vida futura: la vida de genetistas experimentadores.
O bien adaptaríamos formas terrestres a la vida en otros planetas, o nos quedaríamos empantanados para siempre en la teoría, procesando los descubrimientos de otros. ¡Qué aburrimiento!
Ya habíamos pasado cinco exámenes similares, pero no eran los más importantes como este. Y, sinceramente, reprobé cinco de cinco. No porque estudiara mal, sino simplemente porque nuestra profe me odiaba. Tenía a sus favoritos. Me parece que eso no está bien. Pero los tenía.
Cada uno se las ingeniaba como podía. La mayoría, claro, creaba gatos con ojos violetas, perritos con músculos faciales que podían expresar fácilmente sorpresa o una mueca sarcástica. Siempre pensaban solo en el hogar y en las mascotas. ¿A quién le importan todas esas bellezas en otra galaxia?
Nosotros éramos más rudos e ingeniosos. Y aunque algunos de nuestros modelos morían por sí solos y otros debían ser destruidos, jamás nos rebajaríamos a trabajar con animales decorativos. Y reprobábamos un examen tras otro. Nosotros: yo y mis dos amigos, Then Shen y Mikaere. Ninguno de nosotros era santo de la devoción de la señora Corry.
Como es lógico, ocultamos cuidadosamente los frutos de nuestro trabajo hasta el examen. Pero no era difícil adivinar que Mikaere, como siempre, traería a una bestia "legendaria", tipo un águila con las plumas creciendo en dirección opuesta. Y Then Shen intentaría "cumplir la voluntad de los ancestros" y traería algo enano. En la ocasión anterior fue un elefante de bolsillo. Pero yo esta vez tenía una sorpresa: un auténtico invento científico.
Ya estaban sentados a lo largo de la mesa, armados con bolígrafos y hojas de papel. Nuestra profe, la señora Corry, como siempre de rojo, con esas irritantes manchas rojas en las mejillas. Una profe de otra escuela, gris como un ratón. El director en persona y, por supuesto, un "investigador" del instituto de genética. Los investigadores siempre cambiaban.
La señora Corry recorrió la clase con la mirada, sacó solemnemente su pecho plano y golpeó la mesa con su bolígrafo, lo que significaba: es hora.
Then Shen fue el primero. Habló largo rato sobre cómo siempre había soñado con agudizar el olfato de los depredadores para que sintieran a su presa a cientos de kilómetros. Era pura palabrería pseudocientífica. Por lo visto, simplemente no le salió.
Y de pronto, imagínense, sacó un gato de la jaula. Se había rebajado por completo. No sé qué tenía en mente al principio, pero ese gato tenía unas vibrisas inusualmente largas; lo seguían como una cola, superando diez veces la longitud de esa pobre criatura. El gato dio un paso cauteloso, luego otro, e inmediatamente se cayó, tropezando con sus propias vibrisas. Se quedó de espaldas, chillando, agitando las patas y se enredó tanto que parecía una mosca en una telaraña.
—¡Esto es un maltrato! —gritó con voz inhumana la profe desconocida—. ¡Duérmanlo de inmediato! ¡Un cero!
Then Shen no se disgustó mucho. Era perezoso, y ya tenía reservado un lugar tranquilo en el archivo.
Después todos fueron unos "buenos alumnos". Desfilaron culebras con patas, ostras que transmitían pensamientos a distancia (imposible de verificar) y, por supuesto, gatos, perros, gatos. Como siempre. Solo me gustó un gatito de ocho patas. Pero al tribunal de examen no le agradó. Yo me habría quedado con uno así.
Llegó mi turno.
—Bueno, Amadu, ¿con qué nos vas a deleitar?
Amadu es mi apellido. ¿Y qué? Además me llamo Jorge. Quién tiene la culpa de que mi mamá sea fan de aquel antiguo autor, y que el apellido casualmente coincidiera con el de mi papá. Pero no viene al caso.
Mientras me acercaba a la mesa, la señora Corry, esa mujer ruin, ya se las había arreglado para susurrarle al oído a todo el tribunal. Susurraba, señalándome con la mirada y sin cortarse ni un pelo. Probablemente les contaba que yo era un negado y un mediocre.
Mi caja estaba en el suelo, cubierta con un trapo azulado. Me acerqué, recorrí a los examinadores con una mirada audaz y, aunque me temblaba todo, empecé con voz animada:
—La langosta común posee una propiedad asombrosa.
La frase salió fluida; la había ensayado cien veces frente al espejo. Como todo lo demás, por cierto.
—Siga —asintió la señora Corry.
—Y esa propiedad es... es... —aquí la miré y me quedé callado. De pronto comprendí que quería reprobarme otra vez, como lo había hecho durante cinco años enteros.
Mikaere me miraba con ojos de espanto y saltaba en su silla. Hasta hacía gestos raros con los dedos. Probablemente quería animarme. Total, a él qué le importa, su papá es el jefe de genética en Nueva Zelanda. No se quedará sin trabajo. Pero mi futuro dependía de una mujer tonta. Y entonces fue como si algo estallara dentro de mí.
—Esa propiedad, esa característica, tiene que ver con la visión. La langosta distingue un solo color: el verde. Imaginen: todo el mundo es gris y solo la comida se ve de otro color. Sí, solo la comida —añadí con malicia—. Se co... comerá cualquier cosa si es de color verde.
—Es un hecho conocido —confirmó con voz monótona el genetista—. ¿Y qué se deduce de eso?
—Yo... decidí ampliar... mmm... su paleta visual.
Con la destreza de un prestidigitador, tiré el trapo al suelo y saqué la primera jaula de malla. En ella había tres ejemplares de langosta común. Mostré a los examinadores una ramita verde, abrí un poco la puerta y mostré cómo y de qué manera se comerían esa ramita. Se la comieron.
—Y estas —dije, sacando la segunda brigada— solo ven el color azul.
Todo se repitió en el mismo orden. Metí en la jaula un banderín de papel azul y lo devoraron. Claro, este grupo se veía mal, ya que se alimentaban solo de papel y pétalos de achicoria, pero para el examen servía.
Así pasaron las que veían amarillo, blanco y violeta. Pasaron bien. El genetista casi se cae de la silla de la alegría. Ya estaba calculando cómo se podría usar mi pequeño descubrimiento. Solo la señora Corry, como siempre, estaba descontenta.
—Ni siquiera han cambiado de aspecto —protestaba indignada—. ¿Cómo vas a demostrar que estos insectos han sufrido una mutación?
Claro, las ostras mudas sí que la convencieron. Faltaría más: para los favoritos, los mejores premios.
¿Creen que no me ofendí? Y tanto. Pero bueno, me habían ofendido mucho antes de este examen. Por eso estaba preparado para cualquier escenario. Saqué la jaula más grande, donde había no menos de cien ejemplares. Los insectos estaban tranquilos.
—A estos, además, los enseñé a distinguir la voz humana.
—Qué tonterías —reaccionó indignada la señora Corry—. La langosta solo distingue frecuencias y vibraciones.
Siguió despotricando un buen rato sobre mi ignorancia y otros defectos. Y de pronto miró la jaula y se quedó a media palabra. Todos los ejemplares de la jaula se habían pegado a la pared frontal, la de la puerta, y no le quitaban el ojo de encima a la señora Corry, atentos a cada una de sus palabras.
Durante unos segundos, nuestra profe los miró como hechizada. Y ellos a ella. Luego, en sus ojos saltones brilló el miedo; aunque lo apagó de inmediato.
—Amadu —dijo, intentando hablar con calma, aunque la voz le temblaba traicioneramente—. Amadu, ¿por qué me miran así? ¿De verdad entienden lo que digo? Es una broma, ¿verdad?
—Sí —respondí—. Es una broma. No entienden para nada el lenguaje humano. Simplemente, solo distinguen el color rojo.
Sonreí con aire de disculpa y abrí la puerta.